Querido vecino

                                                                                                
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L'Hospitalet de Llobregat, 5 de agosto de 2017


Buenos días vecino,

Te digo buenos días porque sé de buena tinta que lo has empezado bien. Ese lío que tienes con la vecina del cuarto me interesa bien poco, pero de noche todo se escucha. En ningún momento estoy hablando en nombre de la comunidad aunque me consta que hay otros vecinos molestos con la situación. ¿Sabes una cosa? Me despierto muy pronto cada mañana y oir esos cuchicheos por la noche no me ayudan a descansar. ¡Iros a un hotel hombre! Aquí se viene a descansar y no a armar jaleo. Hay que ser consecuente con lo que uno hace. Espero que ya no te extrañe encontrarte meadas del perro del vecino del ático. Tienes que entenderle, no aguanta ni una más de las tuyas. Por no decir que se siente celoso... El anterior amante de tu amiguita fue él y le dejó por ti (al menos no eran ruidosos) ¿María todavía se cree el cuento ese de que es la única? De verdad, todos los del bloque sabemos que te llevas genial con la panadera y que algún que otro día te la has traído de visita.

Lo que realmente me molesta no es tu vida sentimental, a mí no me parece mal que intentes hacerte el machito con todas ellas. El problema es que no puedo conciliar el sueño. Los gemidos de tus acompañantes son demasiado para nuestros oídos y en esto SÍ hablo en nombre de todos. No hay día en que las juergas no empiecen pasadas las doce de la noche. A esas horas todos nosotros estamos descansando de nuestro largo día. Sé que eso de ser autonómo y estar en casa es muy cómodo, pero el resto de nosotros tenemos que desplazarnos a nuestro trabajo y eso supone despertarse con una hora y media de antelación.

Sin duda eres un egoísta, ni siquiera nuestros golpes en la pared o nuestras llamadas a los mossos d'esquadra han hecho que te cortes al menos un poquito. Más bien lo contrario, cuanto más te hemos llamado la atención más te has envalentonado y eso no lo vamos a permitir. Sirva esta carta para comunicarte que no vamos a dejar pasar ni a ti ni a tus acompañantes ni una más. La próxima vez que armes escándalo te denunciaremos y pediremos que te trate un especialista. ¡Lo que estamos sufriendo aquí no lo sabe nadie! Nos hemos cansado de avisarte y vamos a pasar a la acción. Te pedimos por favor de una vez que te trates ese vicio que tienes o que por lo menos no abras las ventanas de par en par ahora que viene el calor para airear tus conquistas.




Firmado: El presidente de la comunidad

Un día de muerte

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¡Toc toc!—Ahí está de nuevo la pesada de mi madre, una noche más, despertándome. ¿Se cree que no he oído el aullido del lobo?

Ya voy...—el ritual siempre es el mismo. Se impacienta y sacude mi lápida (como si eso fuera a reanimarme).

¿No vas a trabajar? Vas a llegar tarde.

Me levanto de mi ataúd y saco a airear mis harapos. Cada vez que me los pongo de nuevo se descomponen más y más. Es luna llena y antes de empezar la noche me llevo a la boca unos cuantos gusanos. De tanto en tanto alguna cucaracha voladora se cruza en mi camino y la muerdo al vuelo. Tengo suerte, mi madre se ha levantado de buen humor y me ha preparado un delicioso puré de patata podrida con un bistec gourmet (ella lo llama de vaca loca). Otros días tengo que buscarme la vida y pedir al enterrador que me prepare un trozo de gato al ajillo.

Utilizo el coche fúnebre de mi padre para llegar al trabajo. Voy a tal velocidad que los vecinos me piden que vaya más lenta. A veces me comentan eso de que <<parece que quiera irme al otro barrio>>. ¡Qué horror! ¡Sólo pensarlo me produce escalofríos!

Antes de salir del cementerio cuido mi imagen para que los demás no me vean alegre y positiva. Me echo grandes cantidades de musgo para revitalizar mis pieles muertas y baba de caracol para mantener la piel arrugada e inexpresiva. Soy maquilladora y trabajo en la morgue. Tengo mi propio despacho que cuenta con una pequeña lámpara que emite una luz de color verdoso, una camilla donde se reclinan mis clientes y una silla sin respaldo. Cada día recibo la visita de aproximadamente cinco cadáveres que han pasado a mejor vida, es decir, a mi realidad. Espíritus bonachones me los traen a la consulta y los dejo presentables para su último adiós. A menudo el nuevo cliente que me visita me mira mal y algo confuso, tanto que no sabe qué hace aquí, pero finalmente se deja llevar por mis consejos y le preparo para su último adiós.

Por suerte no todo es trabajo así que me reúno con mis amigas escritoras. ¡Ellas sí saben lo que es que se les reconozca por su trabajo! Los epitafios más vendidos son obra de ellas y la gente se muere por verlas. Un par o tres días a la semana también dedico mi tiempo a la práctica del deporte como forma de mantener activos mis huesos (sin una rotura fibrilar no hay forma de que me sienta bien por dentro y por fuera).

Suelo llegar a casa sobre las cinco de la mañana por lo que no me queda mucho tiempo para cenar y ponerme al día de la actualidad leyendo las esquelas. En ese momento es cuando me doy cuenta de que las maneras de morir cada vez son más inverosímiles. Cada noche con esta indignación y otras me marcho a la tumba pensando que hay que saborear la muerte poco a poco porque puede que algún día alguien me reavive y me deje viviendo en la gloria.

Jugando al amor


Oda tiene miedo al amor. No hay nadie quien la aguante ni siquiera su familia. Está a punto de graduarse y todavía no se le conoce novio formal. Ha tenido sus pequeños rollos por aquí y por allá, pero nunca ha pasado la prueba de los primeros tres meses de noviazgo. No se trata de algo fácil. Es por eso que se dedica a parar pequeñas trampas a sus candidatos para ganarse su afecto.

Ella es de aquellas que se acuesta con un chico la primera noche. No cree en eso de esperar varias citas para lanzarse a los brazos de uno. Simplemente si le gusta, disfruta, así sin más. Oda disfruta de su sexualidad y hace partícipe a sus amigas contando los detalles más íntimos. Su figura curvilínea y su tez fina y sedosa parecen ser un caramelito dulce para el público masculino. Su mirada felina les atrae y su piel de tonos anaranjados imanta ese momento de placer, pero tal es su inseguridad que es es capaz de hacer las cosas más inverosímiles. A propósito, deja su pañuelo más preciado como si de un descuido se tratara y al día siguiente contacta con el chico para decirle que se lo ha dejado en su casa y le pregunta si puede pasar a recogerlo. Muchos hombres caen en su trampa, pocos sabiendo que se trata de una artimaña para tener un encuentro fortuito de nuevo.

Se cree una femme fatale moderna de aquellas que parecen ser inmunes al cariño de un hombre, pero por dentro se siente vacía, sin ganas de vivir. Los hombres pasan por su cama y son un número más en su estadística, de ese juego que se trae consigo misma. Ese que no le deja pensar más allá del día a día. Sus amigas están preocupadas por ella, desde hace tiempo no hace más que salir con distintos hombres y ninguna de sus compañeras es capaz de crear un perfil de su hombre ideal. Ellas no saben que tras esa actitud pasota y liberal se encuentra una mujer fría, sabedora de su belleza, pero analfabeta en el cariño y en el amor.

Nunca nadie le ha enseñado la importancia del afecto en las relaciones. Sus padres sí se querían mucho, pero vivían en una realidad que les impedía materializar esa alegría, ese orgullo, ese amor por la pequeña. Así que creció pensando que ese trato era normal. Más adelante, con la adolescencia aprendió que esa actitud no era la llevada a cabo por sus compañeros de clase. Mostraban actitudes abiertas como darse una palmada en el hombro, besarse en la mejilla, trabajar hombro con hombro... A ella cualquier actitud de este tipo le producía de primeras un shock, una alerta conforme alguien eliminaba esa barrera corporal. Al cabo de unos segundos sus sentidos volvían a su condición normal advirtiéndole que no había nada que temer.

Hace un par de semanas que siente que ha empezado a sentar cabeza. Está saliendo con un chico de su edad estudiante de la facultad de Química que parece llevarla por el buen camino. Quién sabe si esto será el inicio de una relación duradera o si por el contrario, será otra herida más en el corazón de Oda. Lo que está claro es que le queda un largo camino por recorrer y que más vale recorrerlo sola que mal acompañada.